
Villar, Domingo; “Ojos de agua” y “La playa de los ahogados”. Ed. Siruela
Desde que felizmente la novela negra volvió a ponerse “de moda”, raro es el mes que no aparece en estas páginas reseñado un libro perteneciente a ese género.
Siempre se ha dicho que en tiempos de crisis, los lectores eligen este tipo de historias truculentas, donde la propia sociedad y sus valores se ponen en cuestión, pero el ir y venir en número de lectores y buenas críticas está sujeto, más bien, a las propias oscilaciones de la literatura y los, valga la redundancia, gustos literarios.
Las dos novelas que nos ocupan no sólo confirman la buena salud del género negro, sino también que a los autores consagrados se están sumando nuevos escritores como es el caso de Domingo Villar, que con “Ojos de agua” recibió reconocimiento en España y el extranjero, y con “La playa de los ahogados” no hace sino refrendar a un autor con oficio, conocimiento de los materiales primordiales para elaborar este tipo de relatos y buenas historias para contar en el tintero.
En ambos títulos, el protagonista es Leo Caldas, inspector de policía en Vigo, y su compañero y contrapunto Rafael Estévez, un policía que ha sido cambiado de destino por sus expeditivos métodos interrogatorios. Villar tira de temas clásicos en ambas novelas, y hace lo mismo con sus personajes: Leo Caldas es un investigador taciturno, solitario y marcado por una mujer; Rafael Estévez es un aragonés campechano, brutal y tierno, que no se acostumbra al estilo de vida gallego. Este tándem Quijote-Sancho da algunos de los mejores momentos en forma de conversaciones entre ambos, que sirven al autor para tejer un red en torno a ellos y separarles de los mundos que tienen que investigar –a veces los bajos fondos, a veces la alta sociedad-.
Crímenes clásicos, nuevos narradores
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Cox, Michael; El significado de la noche.
Todos llevamos multitud de historias dentro de nosotros y, con mayor o menos fortuna, las vamos explicando a lo largo de nuestra vida. No hay persona, por anodina o gris nos pueda parecer a simple vista, que no albergue un relato en su interior. Si esa persona logra dar con las palabras adecuadas, y el número de cosas que tiene para contar es lo suficientemente grande, y lo suficientemente interesante, suele convertirse en escritor (de novelas, de cine o de seriales radiofónicos, tanto da). Numerosos son los casos en los que la literatura nos ha ofrecido autores de una sola obra: los casos más paradigmáticos son Edmond de Rostand, al que su “Cyrano de Bergerac” eclipsó durante el resto de su vida y cuyas piezas teatrales posteriores fueron un fracaso, o Juan Rulfo, que después de Pedro Páramo abandonó la escritura con el único argumento de que “ya había dicho todo lo que tenía que decir”. El valor de estas obras no debe, por tanto, valorarse en exento, sino como la suma y final de procesos de años, a los que rara vez, y podemos fijarnos para ello en el “Ulysses”, sobrevive el autor.